Siempre que pasamos la página del calendario del mes de noviembre, nuestro pueblo no solo ve llegar la Navidad (o el Sol Invictus) sino que siente, además, la necesidad de hurgar en su historia para dar sentido a su existencia, algo, por cierto, cada vez más complejo dada la vorágine de consumo, luces y superficialidad en que se ha convertido el cierre del año. Y es que cada vez más, si conseguimos salir a flote para reflexionar ante esta tendencia de bacanal perpetua en que vivimos en El Cuervo, es más complicado discernir entre lo divino y lo mundano, entre lo real y lo ficticio, en un pueblo en el que alumbrar una política cultural clara y concisa es todo un desafío solo al alcance de “los mejores de la historia”.
En la lengua alemana, MITLÄUFER significa algo así como “personas que siguen la corriente”. Ante la ausencia de un proyecto de pueblo, dado que falta el pilar fundamental, una política cultural sólida y enraizada en la historia de El Cuervo, no aspiramos a más que a repetir ciclos de festividades vacías de contenido real, eso sí, todas complementadas por el estándar mínimo presente en cualquier celebración de la era moderna: “selfie” y alcohol. Una suerte de población que solo tiene que seguir como siempre y no meterse en problemas. Más fácil, imposible. En esta orgía de desmemoria, de despreocupación por lo público y de ausencia de sociedad civil, se hace toda una heroicidad que desde el poder municipal se plantee una política cultural firme y un proyecto de pueblo serio. Sobre todo porque la memoria no juega ningún papel, y ahí es donde radica el sentido de esta reflexión.
En esta suerte de amnesia colectiva inducida en la que vivimos, hemos perdido la claridad conceptual en torno a palabras como Memoria, Historia y Memoria histórica. Cuando nos acercamos a la Historia, disponemos de herramientas necesarias, complementarias y enriquecedoras que no podemos obviar, mucho menos por planteamientos ideológicos que solo miran hacia la historia como una herramienta de propaganda política o justificación ideológica. El historiador no quiere identificar culpables, sino entender cómo funcionaba la sociedad pasada a la que se acerca, indaga para comprender cómo aquello fue posible. La actitud del historiador no puede ser condenatoria ni reivindicativa, sino “comprensiva”, es decir, tiene que buscar comprender. Se trata de reconocer las LUCES y las SOMBRAS del pasado, es por eso por lo que mezclamos la memoria con el olvido. Al acercarnos a la Segregación de El Cuervo podemos vislumbrar una enorme diversidad de papeles desempeñados por las personas que protagonizaron los hechos objeto de nuestro estudio, así como el distinto grado de responsabilidad que asumieron (o no), así como las exigencias (propias y ajenas), proyectando hacia nuestros días las cargas y los límites que todavía este proceso de la Segregación tiene en El Cuervo de 2025.
Entonces, ¿qué papel juega la memoria en la historia de El Cuervo y, en concreto, en el proceso de Segregación? Partiendo de la idea de que la Historia busca la verdad, claro está relativa, puesto que la verdad absoluta es imposible, y la Memoria pretende encontrar o construir un sentido, además de que es una fuente de información útil para el propio saber histórico, la Memoria Histórica será el conjunto de relatos que han llegado a nuestros días a través de generaciones de antepasados o de testigos de los acontecimientos, por tanto no es el hecho en sí, sino que es lo que le han contado otros acerca del hecho. Para continuar en la respuesta a la pregunta planteada es necesario poner negro sobre blanco el papel que desempeñan los/as historiadores/as que, según Álvarez Junco, se resume en 3 aspectos claves:
- Son intelectuales públicos y pedagogos, como voces reflexivas que exponen y aclaran hechos o periodos problemáticos.
- Exponen y aclaran
- Los historiadores explican lo ocurrido sin crear problemas nuevos, incluyendo a todos, sin disfrazarse de abogado.
La memoria debe desempeñar el papel clave de esclarecedora de los hechos que rodean a un proceso histórico, en este caso la Segregación, incluso comportando cierta justicia o reparación hacia las personas implicadas en el mismo. En esta línea, se hace necesario hablar de Justicia como el conjunto de medidas necesarias para el apaciguamiento en un proceso como el de Segregación que partió de una situación de dependencia del núcleo matriz de Lebrija y llegó a una situación de independencia completa. En esta tesitura, se hace necesario un verdadero esclarecimiento de los hechos y un reparto de responsabilidades y reparaciones entre todos los actores partícipes del proceso.
Si no hacemos este ejercicio de memoria, nunca podremos encontrar respuestas a los episodios más relevantes de la historia de la Segregación. Se hace necesario conjugar la memoria con la historia para esclarecer los hechos fundamentales y hacer justicia a la verdad histórica y a sus protagonistas, además de para poder responder a interrogantes como:
- ¿Por qué se produjo la aprobación en pleno para iniciar los trámites de la Segregación de El Cuervo del núcleo matriz de Lebrija el 28 de abril de 1988?
- ¿Por qué se llegó a la fórmula política de la Coordinadora Pro-Segregación como herramienta política?
- ¿Qué papel desempeñó cada agrupación política en El Cuervo durante la Segregación?
- ¿Cómo afectaron los intereses personales y partidistas al proceso segregacionista?
Si la memoria no está presente, desde la óptica planteada en líneas anteriores, nos sumiremos en una verdadera amnesia colectiva, algo por otra parte fácil de entender viendo las políticas culturales de los últimos gobiernos de El Cuervo. Se trata de equilibrio, de aceptar la complejidad en la mirada al pasado, de reconocer honestamente todo lo que ocurrió y no solo aquello que beneficia a nuestra mirada y, en palabras de Álvarez Junco, se trata de ecuanimidad, que nada tiene ver con equidistancia. Cualquiera que se acerque a trabajar con la memoria dentro de la historia debe tener presente este código ético básico del historiador.
La Segregación es un proceso histórico que tiene su legitimidad propia, no necesita ninguna justificación desde la política. Esto no quita que sea necesario, y de obligado cumplimiento, el honrar y reivindicar a quienes participaron y asumieron riesgos personales para conseguir los derechos como pueblo que hoy se disfrutan. La situación de descuido absoluto y vulnerabilidad extrema en que se encuentra la Segregación, desde hace varias legislaturas, hace que se vea necesitada de urgencia de una política de memoria pública implementada desde la máxima institución municipal. La inexistencia de un presente sin memoria afecta directamente a que el pasado se vea incompleto, dado que, si no se tiene memoria y no se fomenta el estudio de la historia, por sectarismo, ignorancia o conjunción de ambas, nos vemos abocados a la búsqueda continua de identidad como pueblo. Resulta clave el conocimiento de la historia desde el método científico, con el matiz evidente del carácter social de la disciplina histórica.
La memoria de la Segregación son las historias de las gentes que habitaron en ella, más de cerca o menos, con mayor o menor protagonismo, de frente o a favor, pero es la memoria colectiva resultado de la suma de las memorias individuales de aquellos/as cuerveños/as. Si no la integramos en la historia de nuestro pueblo, faltará un complemento vital. La memoria es el pegamento necesario para unir las piezas de la historia. No esperemos a que ocurra como con José Moreno Vargas, fundador del Ateneo Libertario “Los Amantes del Progreso” en 1930, Cristóbal Vega Álvarez, poeta libertario nacido en la Estación de El Cuervo en 1914 cuya obra se desconoce por completo en nuestro pueblo, o Modesto Vela Martínez, Juan César Armíger y Dionisio Vera Arriaza, estos tres últimos naturales de El Cuervo y fusilados por aplicación del bando de guerra en agosto de 1936 por los militares rebeldes. Al primero de ellos, le quitaron todos sus bienes, además de eliminarlo de la memoria de su pueblo. En este mar de olvido, la esperanza hace que surjan iniciativas ciudadanas que intentan nadar contracorriente y que no se dejan llevar, “contraMITLÄUFER”, colectivos que buscan aportar memoria, historia y solidez a la identidad de El Cuervo, aspectos no tangibles y difíciles de apreciar por quienes no valoran más que lo cuantitativo, curiosamente por eso son atacados. La identidad no se construye con artificios, festividades perpetuas y adulaciones continuas. La memoria y la historia de El Cuervo merecen un lugar más noble y una atención más sincera y desinteresada por parte de los poderes públicos. La memoria histórica, al igual que la historia, tienen una función social claramente definida y fundamental en el camino hacia una sociedad más justa y democrática. El Cuervo necesita de historia y de memoria para consolidar su identidad, no de ilusionismos ni entretenimientos banales. Sin la memoria colectiva es más difícil, a veces imposible, poner en pie el relato histórico y la comprensión de este. Quien niega su existencia, niega el derecho a conocer la historia, así como a vivir en paz y cohesionados como grupo social. Al igual que la memoria ha resultado y sigue resultando un componente trascendental para ayudar a entender el proceso de Segregación de El Cuervo, también tiene que desempeñar el mismo papel para otras épocas preteridas de la historia de nuestro pueblo. De ahí que sea necesario reparar la memoria de aquellos/as cuerveños/as que fueron borrados de la historia por una dictadura que sí creó un relato propagandístico y finalista de la historia y que no puede seguir proyectándose en nuestros días, por ningún partido político ni por sus correligionarios, lo avale la administración que lo avale.
La reparación se hace más necesaria si cabe, tanto hacia aquellos/as que ya no están como hacia los que sí, aunque estos últimos incluso no existan ya ni en la memoria colectiva presente de El Cuervo. La memoria histórica cuerveña no puede ser si la población cuerveña actual no sabe/no conoce a Antonio Amuedo Romero, a José Manuel Gómez Ávila, a José Sánchez Serrano, a José González Zamora, a Charo Gómez, a Adela Ramírez, a Eva Pérez, a Manuel Pérez, a Pepe Benítez, a Alfonso Ramírez, a Andrés Amarillo Sánchez, a José Miguel Rodríguez, y a tantos más que aquí no caben. Además, antes que ellos a los ya citados José Moreno Vargas, Cristóbal Vega Álvarez, Modesto Vela, Juan César y Dionisio Vera. Si todos ellos no están en el imaginario colectivo, por muchas calles, parques y edificios que construyamos nunca seremos un pueblo, nunca seremos una comunidad. Ese es el papel de la memoria.

Quizá tapando la historia con fiestas y luces de colores de la impresión de vivir sin problemas, pero estos existen. Conocer lo que sucedió nos permitirá tener raíces, ser fuertes como colectivo. Gracias Antonio por abrirnos las puertas de la historia 🙏🙏